Compensando neuronas
Algo me tiene descolocado estos días y ando yo haciendo el gilipuertas un rato tras otro de una forma que jamás hubiese imaginado de mí mismo. Bueno, si, para que nos vamos a engañar, puede que todavía sepa pasar grupos de 8 bitios a decimal de un golpe de vista, o cruzar SMS en código ASCII con el Braben y el Incinerator, pero tonto lo que se dice tonto también tengo claro que si me aplico consigo serlo con avaricia.
El caso es que después de hacer unas cuantas de estas estupideces he decidido compensarlas acabándo de leer “Freakonomics“, y aquí es donde entra el típico intelectual de solapilla, como diría mi amigo Tausiet, a decir que él ya lo ha leído hace tiempo entre esos cuatro libros que se lee por semana. Lo que pasa es que yo los libros me los leo, los que me interesan y me gustan, no cualquier bazofia, y no hago como vosotros que os leéis cuatro cachos aleatorios bastanteando vuestra sinopsis trapacera para la próxima chapa que le colguéis al próximo incauto y bien educado que pilléis y que todavía no os ha enviado a hacer el gambusino.
Además yo no he venido aquí a hablar sobre lo que opina el personal, entre otras cosas porque me da lo mismo, yo he venido a hablar de mi libro, en este caso de Levitt, un economista friki y políticamente incorrecto y Dubner, un periodista que no tiene ni rematada idea de lo que es la Expo o la Romadera ni, maldita sea mi estampa, le importa un ardite.
Estos dos tíos analizan desde un punto de vista económico cosas tan dispares como el Ku Klux Klan, los combates de sumo, o una banda de traficantes de crack. Realmente cuando comprendes que todo se reduce a un sencillo sistema de incentivos es cuando empiezas a comprender cómo engrana la mecánica de cualquiera de estas organizaciones, lo fácil que es tirarlas abajo como un castillo de naipes dando un golpecito con el dedo en su sistema de incentivos y sin embargo es precisamente ese talón de aquiles el que las mantiene en pié.
El Klan cayó así, no por la represión policial sino agotando su sistema de incentivos (idea de Kennedy) haciendo pública despiadadamente toda su información interna. Cuando todo el mundo supo que eran una panda de anormales con fundas de almohada en la cabeza que quedaban para privar y quemar cruces yendo ciegos como piojos y que el Gran Dragón era un jeta que se hinchaba con las cuotas y los donativos, la gente dejó de ir a las reuniones, ya no molaba pertenecer a una panda de soplapollas sin reuniones secretas, cónclaves chanantes, y saludos pollares secretos como “¿Conoces a Mr. Ayak?” (Are You a Klansman?), joder era mejor ser Paco Porras que miembro del Klan por muy sudista que uno fuese.
Los autores en lo que son unos maestros es en hacerle preguntas curiosas a los datos, por ejemplo “¿Por qué los traficantes de crack siguen viviendo con sus madres?” o “¿Cuantos profesores de enseñanza pública falsean los exámenes de sus alumnos?” y algo así como “¿Por qué los currelas de una gran empresa estafan más pasta del bote del café?”. Las respuestas están ahí, quizá lo que no sabíamos eran las preguntas.
Uno aprende mucho con este libro, recomendado queda.
Vuelvo a escribir, y desde el estómago, como debe hacerse.
Coño, algo pasa. No sé, tal vez sea una falsa alarma.
- Archivado en Cultura y libertad, Viernes.
- Seguir comentarios: RSS 2.0.
- Comentar.
- Trackback desde tu página.
15-8-2007 a las 02:03:00
Si te gustó este libro no deberías perderte “El economista camuflado” de Tim Harford.
15-8-2007 a las 02:05:02
Mañana me voy a por él.